Las delegaciones de Tailandia y Camboya se reunieron en Putrajaya, capital administrativa de Malasia, para intentar acordar un cese al fuego efectivo. La cita diplomática se da luego de un fin de semana en que los bombardeos continuaron, pese a un entendimiento preliminar entre las partes. Según observadores, es el conflicto más grave entre ambas naciones desde la serie de enfrentamientos armados entre 2008 y 2011.
Los combates se concentran en una región boscosa que alberga templos milenarios en disputa desde principios del siglo XX. La raíz del conflicto se remonta a una ambigua delimitación territorial trazada por la administración colonial francesa en 1907, que nunca fue resuelta de forma definitiva.
Minutos antes del inicio de las conversaciones, se escucharon múltiples explosiones en Samraong, una ciudad camboyana situada a menos de 20 kilómetros del frente. De acuerdo con corresponsales internacionales, la intensidad del fuego cruzado sugiere que la situación sobre el terreno sigue fuera de control.
El anfitrión de las negociaciones es el primer ministro malasio, Anwar Ibrahim, quien además preside actualmente la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). En una breve declaración a la prensa, Ibrahim aseguró que su “prioridad inmediata” es lograr un alto el fuego duradero. Participan en la reunión el primer ministro interino tailandés, Phumtham Wechayachai, y su par camboyano, Hun Manet.
Pese a la intervención diplomática, el discurso oficial de ambos gobiernos sigue siendo beligerante. Desde Phnom Penh, la portavoz del Ministerio de Defensa de Camboya acusó a Tailandia de haber invadido su territorio con armamento pesado durante cinco días consecutivos. Por su parte, Phumtham se mostró escéptico y reclamó “pruebas concretas de voluntad política” por parte de Camboya.
En el campo de batalla, el Ejército tailandés denunció que francotiradores camboyanos han tomado posiciones en templos históricos y que se han registrado combates en al menos siete puntos estratégicos. Según informes militares, Camboya podría estar planificando una ofensiva mayor como maniobra de presión antes de cualquier compromiso formal.
Las consecuencias humanitarias del conflicto son alarmantes. En la ciudad tailandesa de Surin, cientos de personas desplazadas se refugian en centros improvisados. “Deseo que esta reunión traiga paz, pero no sé si podemos confiar en ellos”, comentó Lamduan Chuenjit, de 58 años, mientras ayudaba a limpiar un albergue comunitario.
Ambos países han reportado víctimas tanto civiles como militares. Tailandia confirmó la muerte de 22 personas (8 soldados y 14 civiles), mientras que Camboya contabiliza 13 fallecidos. Bangkok informó que devolvió los cuerpos de 12 soldados camboyanos como gesto humanitario, en un intento de reducir la tensión.
Las acusaciones cruzadas incluyen el uso de municiones de racimo y ataques a infraestructuras civiles como hospitales y escuelas. El gobierno tailandés emitió un comunicado instando a su población a evitar represalias contra migrantes camboyanos, ante el temor de que la violencia se traslade a las calles.
China y Estados Unidos han enviado representantes a Malasia para respaldar los esfuerzos de mediación. El secretario de Estado de EE.UU, Marco Rubio confirmó la presencia de personal del Departamento de Estado en Putrajaya para “apoyar una salida pacífica”.
El presidente estadounidense Donald Trump también se pronunció el fin de semana, amenazando con imponer sanciones comerciales a ambos países si no alcanzan un acuerdo de paz. Aseguró que su administración está lista para facilitar tratados bilaterales “una vez que el conflicto se resuelva”.


