Murió José Mujica: el guerrillero que se volvió presidente y dejó una marca indeleble en Uruguay

El expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica falleció en su chacra a las afueras de Montevideo. Su muerte fue confirmada por el actual mandatario Yamandú Orsi. La vida del exguerrillero tupamaro, su paso por la cárcel, su estilo austero y su legado político lo convirtieron en una figura única, admirada dentro y fuera de su país.

La noticia que Uruguay no quería escuchar se hizo realidad. Este martes murió José Mujica, el expresidente que marcó a fuego la historia reciente del país. El anuncio fue realizado por el actual jefe de Estado, Yamandú Orsi, quien se refirió a él como un “compañero, presidente, militante y referente”. La frase “Te vamos a extrañar, Viejo querido” sintetizó el sentimiento generalizado de pesar.

Mujica había revelado en abril de 2024 que padecía cáncer de esófago. A partir de ese momento, su salud se convirtió en un tema de interés nacional, aunque él intentó que no lo fuera. Durante meses enfrentó tratamientos, internaciones y una recuperación llena de dificultades que, lejos de alejarlo de la vida pública, lo mantuvo vigente.

En enero de 2025, fue él mismo quien anunció que el cáncer había hecho metástasis. Con una serenidad que siempre lo caracterizó, se despidió públicamente en una entrevista y pidió que lo dejaran en paz. “Hasta acá llegué”, dijo entonces. Pero el país no lo soltó, y él tampoco dejó de estar.

Hasta sus últimos días, Mujica continuó participando en actos políticos y recibiendo visitas en su chacra de Rincón del Cerro. Allí se convirtió en anfitrión de mandatarios, artistas, periodistas y ciudadanos que buscaban su palabra. En ese mismo lugar, falleció. Era el domingo de las elecciones departamentales, y por primera vez no pudo ir a votar.

Enfermo de cáncer, Mujica no dejó las actividades de militancia. Foto: (MPP)

Su compañera de vida, Lucía Topolansky, expresó con claridad la gravedad del momento días antes de su muerte: “Está en una meseta, está a término”. Y agregó: “Estoy hace más de 40 años con él y voy a estar hasta el final”. Mujica había pedido ser enterrado en su chacra, junto a Manuela, su perra de tres patas, símbolo entrañable de su estilo de vida.

Hijo de una familia humilde, Mujica se crió en Paso de la Arena, zona semi rural de Montevideo. Su padre falleció cuando tenía apenas siete años y fue su madre quien se hizo cargo de él y su hermana. Esa infancia sencilla lo acompañaría siempre en su forma de pensar y de vivir.

Mujica se integró al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y fue protagonista del accionar guerrillero en los años 60 y 70. Enfrentó la cárcel en varias oportunidades, fue herido de bala, escapó y volvió a caer. En 1972 fue capturado por última vez y pasó 13 años en prisión durante la dictadura, muchos de ellos en condiciones infrahumanas.

Me volví loco. Hablaba con las hormigas”, confesó en una ocasión sobre ese brutal encierro. Fue el acceso a la lectura y la escritura lo que lo salvó. Con la democracia restaurada en 1985, Mujica fue liberado y comenzó una nueva etapa en su vida: la de la política institucional.

Desde el Parlamento, Mujica comenzó a destacarse por su discurso distinto. Hablaba de perdón, de superar el odio y de construir sin rencores. A pesar de sus años de lucha armada, su mensaje fue de reconciliación. “El odio no construye”, repetía.

Su llegada al Senado en 1995 fue en moto y con ropa de trabajo. Ese gesto fue el inicio de una narrativa que lo acompañaría siempre: la del presidente austero, el político que no se separaba del pueblo. En 2010, asumió la presidencia tras ganarle la interna a Danilo Astori y vencer en las urnas con el Frente Amplio.

Durante su gobierno impulsó transformaciones de fondo, como la legalización del aborto, el matrimonio igualitario y la regulación del mercado del cannabis. También apostó por las energías renovables, aunque su administración dejó algunas promesas incumplidas y decisiones cuestionadas, como la fallida regasificadora.

Mujica nunca escondió sus limitaciones. “Esa verga no es para mí”, decía cuando se le preguntaba si quería ser presidente. Y sin embargo, lo fue. Gobernó con un estilo singular, más cercano al pueblo que a los protocolos, y se convirtió en una figura admirada internacionalmente por su vida sencilla y su discurso humanista.

Aun después de dejar la presidencia, su influencia no decayó. Renunció al Senado junto con Julio María Sanguinetti, en un gesto simbólico de cierre de ciclo. Pero sus opiniones siguieron marcando la agenda política y fue un actor clave para el regreso del Frente Amplio al poder en 2024.

José Mujica murió a los 89 años como vivió: en su chacra, rodeado de plantas y lejos de los lujos. Su legado quedó plasmado en sus decisiones, en su pensamiento y en su historia. Admirado y cuestionado, guerrillero y presidente, dejó una huella profunda en la política uruguaya y en la memoria colectiva de América Latina.