La relación entre el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, y el jefe del Servicio de Inteligencia Nacional (Shin Bet), Ronen Bar, se ha deteriorado significativamente en las últimas semanas. En un giro inesperado, Netanyahu informó a Bar que presentará una moción ante el Consejo de Ministros para destituirlo del cargo en una votación prevista para el próximo miércoles.
La raíz de esta crisis se encuentra en los fallos de seguridad que precedieron a la masacre ocurrida el 7 de octubre de 2023, cuando terroristas palestinos llevaron a cabo un ataque devastador. Desde ese trágico evento, Netanyahu ha expresado su creciente desconfianza en Bar, a quien considera responsable por no haber prevenido el ataque a pesar de las alertas de la agencia.
La tensión aumentó aún más cuando el Shin Bet publicó una evaluación sobre el incidente, en la cual aceptaba parte de la responsabilidad, pero señalaba a la financiación de Hamás desde Qatar como un factor crucial que contribuyó al ataque. Esta declaración no hizo más que agravar la situación. Al mismo tiempo, las investigaciones apuntan a que sumas millonarias fueron canalizadas desde Qatar a través de varios intermediarios hacia los asesores de Netanyahu, lo que ha incrementado las sospechas sobre la conexión entre la política interna y los fallos de seguridad.
Por otro lado, Bar preferiría dimitir voluntariamente para evitar la humillación de ser cesado, lo que ha puesto a la fiscal general, Gali Baharav-Miara, en una postura incómoda. Ella ha advertido que cualquier decisión relacionada con su cese debe ser consultada previamente con su departamento. Sin embargo, Netanyahu no ha dado su brazo a torcer y sigue adelante con su intención de destituir a Bar.
En su comunicado, Netanyahu argumentó que la desconfianza hacia el jefe del Shin Bet era insostenible, especialmente en tiempos de guerra, cuando la confianza en las instituciones de seguridad es esencial para la supervivencia del Estado de Israel. “La desconfianza ha ido en aumento con el tiempo y, lamentablemente, la situación es irreversible“, afirmó el primer ministro.
Bar, por su parte, respondió con firmeza a las acusaciones, señalando que la lealtad que Netanyahu esperaba de él era “ilegítima” y no tenía cabida en una institución como el Shin Bet, cuyo deber primordial es con los ciudadanos israelíes. Según Bar, el verdadero problema radica en una “indiferencia prolongada” por parte de la cúpula política israelí hacia las advertencias de su agencia sobre la amenaza inminente antes de la masacre.
Además, Bar dejó claro que los fallos de seguridad también estaban vinculados a una política del gobierno, y en particular a las decisiones que Netanyahu tomó en los doce meses previos al ataque. Aunque no mencionó explícitamente las investigaciones en torno a las transferencias de dinero desde Qatar, Bar insistió en que es fundamental que se continúe con las pesquisas, ya que el público israelí tiene derecho a conocer la verdad sobre lo que llevó al colapso de la seguridad en Israel.
La situación ha colocado a Netanyahu en una posición incómoda. Por un lado, la crisis de seguridad le ha costado una gran cantidad de apoyo político y ha dejado al descubierto las tensiones internas dentro de su gobierno. Por otro, las implicaciones del Qatargate, que involucra a asesores cercanos al primer ministro, también han añadido un componente de corrupción al escándalo, lo que podría debilitar aún más su posición ante la opinión pública.


