Tras el empate ante Ecuador, uno de los protagonistas que rompió en llanto fue Matías Galarza, quien expresó con sinceridad la carga emocional de este logro.
El mediocampista de 22 años se mostró profundamente conmovido al recordar su infancia y cómo, desde un aula escolar, veía a la Albirroja competir en Sudáfrica 2010 sin imaginar que algún día él mismo vestiría esa camiseta en un Mundial.
“Hace dieciséis años estaba en la escuela viendo el último Mundial de Paraguay. Nunca me imaginé que iba a ser parte de esto. No lo creo aún”, confesó, al borde de las lágrimas, agregando en guaraní: “che mo pirimba”, expresión que usó para describir su piel erizada por la emoción.
Galarza no habló solo desde lo deportivo. Sus palabras también reflejaron una memoria emocional y social que conecta con el sentir de miles de paraguayos. Hizo alusión a su largo camino en selecciones menores, al impacto de la pandemia y al apoyo de su entorno.
“En el trayecto hacia el estadio me quebré. Lloré. Pensé en mi familia, en los días difíciles, en todo lo que tuvimos que pasar. Desde la Sub-15 soñando con esto. Y hoy estar acá, con la gente, es irrepetible”, comentó.
En una muestra de madurez, el jugador del club Vasco da Gama no olvidó a quienes lo acompañaron desde siempre. Valoró el esfuerzo silencioso de su familia como pieza fundamental para alcanzar este momento.
También tuvo palabras de gratitud para con el pueblo paraguayo. “Esto no es solo para nosotros. Lo merece la gente, que es la que más sufre. Paraguay es un país que siempre pelea, muchas veces sin que se lo reconozca”, manifestó con firmeza.
La emoción de Galarza dejó en evidencia que esta clasificación trasciende lo deportivo. Representa un alivio, una reivindicación y una celebración colectiva que el pueblo llevaba esperando por más de una década.
Sin embargo, el mediocampista dejó en claro que el objetivo no se agota con la clasificación. Recalcó que la Albirroja tiene ambiciones grandes y que la presencia en el Mundial será con mentalidad competitiva.
“No vamos a ir solo a cumplir. Vamos a demostrar que el paraguayo tiene fuerza, talento y corazón. Este es solo el primer paso. Tenemos que dejarlo todo”, aseguró.
Para Galarza, el valor de este momento se multiplica por el contexto del país. Remarcó la identidad del paraguayo como trabajador, humilde y perseverante. “Siempre estamos en silencio, pero hacemos ruido con los hechos”, sintetizó.
Con una mezcla de nostalgia, orgullo y determinación, el joven cerró su testimonio como muchos quisieran: con el corazón en la mano, los pies en la tierra y la mirada en el horizonte. Paraguay volvió al Mundial, y lo hizo con alma.


