José Mujica no solo pasó a la historia como presidente de Uruguay entre 2010 y 2015, sino también como un personaje que desafió los cánones del poder desde adentro. Su estilo descontracturado, sencillo y sin concesiones a los formalismos marcó un contraste rotundo con sus antecesores.
Lejos de dejarse llevar por la solemnidad del cargo, Mujica encontraba placer en incomodar a su entorno. Solía escaparse en su clásico Volkswagen Fusca celeste sin avisar a los encargados de seguridad. “Los cagué. Los tengo locos”, decía entre risas cuando lograba eludir la vigilancia.
En el libro Una oveja negra al poder, de Andrés Danza y Ernesto Tulbovitz, se relatan varios episodios en los que Mujica ironizaba sobre las formalidades. “El protocolo y toda esa liturgia del poder me chupan un huevo”, resumía con la crudeza que lo caracterizaba.
Desde la Torre Ejecutiva, en el piso 11, dirigía el país. Justo debajo trabajaban los encargados de protocolo, quienes poco podían hacer para adaptarse al estilo anárquico del mandatario. Sus planes rara vez salían como esperaban.
Mujica mismo reconocía su desinterés por los rituales oficiales. “Están al pedo todo el día. No les doy pelota”, afirmaba sobre el equipo de protocolo. Aún así, aceptaba que algunas formalidades eran inevitables.

El expresidente uruguayo no toleraba que le abrieran la puerta del auto. Sus choferes evitaban gestos protocolares para no recibir una reprimenda. En la residencia presidencial de Anchorena, cocinaba junto a su esposa Lucía Topolansky, entonces senadora y luego vicepresidenta.
Su chacra en las afueras de Montevideo se convirtió en su centro de operaciones informal. Allí recibió a jefes de Estado, líderes políticos, periodistas y figuras internacionales, con la misma naturalidad con la que cultivaba flores.
Mujica también marcó distancia en los viajes oficiales. Mientras otros mandatarios optan por jets privados, él viajaba en aviones comerciales. En 2013 compartió vuelo con Cristina Fernández de Kirchner y quedó impactado con el lujo del avión argentino.
Aunque viajaba en primera clase, era habitual que recorriera el avión y se tomara fotos con los pasajeros de clase turista. Ese contacto directo reforzaba su imagen de líder cercano y alejado del elitismo.
Su vestimenta también hablaba por él. Poco le importaba combinar trajes o elegir una corbata adecuada. Vestía ropa deportiva en su tiempo libre y no dudaba en ignorar los consejos de sus asesores.
Para Mujica, esa actitud no era una mera excentricidad, sino una postura ideológica. “La forma de vivir parece una pavada pero no lo es. Por ahí también viene el descrédito de los políticos”, argumentaba.
Aseguraba que su estilo buscaba romper con la idea de que todos los presidentes son iguales. Y aunque no imponía su estilo a otros, sí defendía la autenticidad como valor.
Mujica se diferenció claramente de los expresidentes Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Batlle y Tabaré Vázquez. Se consideraba a sí mismo “un sapo de otro pozo”.
Hoy, tras su muerte a los 89 años por un cáncer que se había extendido al hígado, muchos recuerdan ese estilo como un acto de coherencia. Mujica no fue un presidente más. Fue, hasta el último día, el mismo que se animó a desafiar las formas sin renunciar a sus ideas.


