El 33% de familias latinas pasaron hambre en verano por falta de comidas escolares en EE.UU.

La falta de comidas escolares durante el verano, el desempleo y el aumento de precios dejaron a una de cada tres familias latinas en situación crítica. El hambre infantil no se detiene, y la vuelta a clases se vuelve, para muchos, una esperanza.

Un reciente informe de la organización No Kid Hungry revela un panorama preocupante: más de una tercera parte de las familias latinas en Estados Unidos enfrentaron serias dificultades para alimentar adecuadamente a sus hijos durante el verano.

 La principal causa, según el 66 % de los más de 1.200 padres encuestados, fue el aumento generalizado del costo de vida. El encarecimiento de los alimentos ha impactado directamente en la capacidad de miles de hogares para mantener una dieta balanceada para sus hijos.

 El informe destaca que casi la mitad de las familias encuestadas reconocieron que, sin los programas de alimentación escolar, sus hijos probablemente pasarían hambre algunos días de la semana.

 “Llegar a fin de mes es el mayor reto en este momento. Ambos trabajamos, tenemos cinco hijos. Cada mes es una lucha cubrir las necesidades de todos. Nos preocupa cómo alimentarlos”, declaró una madre de Colorado citada en el informe, reflejando una realidad que se repite en muchos hogares.

 A este contexto se suma otro factor crítico: el desempleo. Un 25 % de las familias reportaron haber perdido su trabajo en el último año, y cuatro de cada diez afirmaron que su situación económica ha empeorado.

 La vuelta a las aulas, más allá de representar un inicio de ciclo escolar, se ha transformado en un alivio para muchas familias. Las comidas gratuitas o subvencionadas que ofrecen las escuelas son, para algunos, el único sustento nutritivo diario de sus hijos.

 La encuesta también muestra una disparidad significativa entre los distintos grupos raciales. Mientras el 25 % de los padres en general expresaron preocupación por la alimentación de sus hijos, esa cifra se duplicó en el caso de las familias latinas.

 El impacto del hambre no es solo físico. También afecta el rendimiento escolar y la salud emocional de los menores. Padres entrevistados señalaron que sus hijos muestran irritabilidad, falta de concentración y retraimiento cuando no han comido bien.

 Una madre de Carolina del Norte explicó: “Cuando tienen hambre, no piensan en otra cosa. Discuten más, están irritables. Pero cuando comen bien, preguntan, aprenden, están presentes. La diferencia es abismal”.

 Estos efectos han generado un ciclo preocupante. Muchos estudiantes asisten a clases no solo por la educación, sino también por la comida. Tres de cada cinco familias afirmaron que las comidas escolares motivan a sus hijos a asistir con regularidad.

Más allá del aporte nutricional, los padres destacan el valor social de estos programas. Los menores no solo se alimentan, sino que comparten con sus pares, establecen rutinas y encuentran contención.