Un informe de la empresa de ciberseguridad Kaspersky alertó que una de cada cinco mujeres en América Latina detectó aplicaciones espías instaladas en su celular sin autorización.
El fenómeno, conocido como stalkerware, se consolida como una forma de violencia digital que permite a agresores vigilar, controlar y manipular a sus víctimas de manera invisible.
Qué es el stalkerware y cómo funciona
El stalkerware es un software diseñado para operar de forma oculta en dispositivos móviles.
Permite acceder sin consentimiento a:
• Mensajes privados
• Ubicación en tiempo real
• Llamadas y redes sociales
• Cámara y micrófono
En muchos casos, se instala tras un acceso físico al teléfono, bajo excusas como “configurar” el dispositivo o regalar uno nuevo.
Una forma de violencia que va más allá de lo digital
El informe advierte que este tipo de vigilancia rara vez ocurre de forma aislada.
Según los datos relevados:
• El 46% de las mujeres en la región ya sufrió algún tipo de abuso doméstico
• Casi la mitad sintió que su privacidad fue vulnerada
El stalkerware suele integrarse a dinámicas de control psicológico, económico y social, ampliando la capacidad de los agresores.
Señales de alerta en el celular
Los especialistas recomiendan prestar atención a ciertos comportamientos del dispositivo que podrían indicar la presencia de software espía:
• Aumento inusual del consumo de batería
• Sobrecalentamiento
• Uso elevado de datos móviles
• Lentitud del sistema
También pueden surgir indicios externos, como que otra persona conozca información privada o ubicación en tiempo real.
Cómo protegerse
Expertos en seguridad digital aconsejan adoptar medidas básicas para reducir riesgos:
• Mantener el teléfono bloqueado con PIN o contraseña
• Revisar permisos de aplicaciones
• Actualizar el sistema operativo regularmente
• Evitar dejar el dispositivo sin supervisión
Además, ante sospechas, recomiendan buscar apoyo en organizaciones especializadas y denunciar el caso.
Un problema creciente en la región
El avance del stalkerware refleja una nueva dimensión de la violencia de género en entornos digitales, en un contexto donde la falta de educación tecnológica dificulta su detección.
Los especialistas advierten que la tecnología debe ser una herramienta de protección y autonomía, no un mecanismo de control.


